1955-1956

 

Sor Ana “Moco”

 

 

            Tiene que haber sido en agosto de 1955, cuando traspuse por primera vez el umbral de la primera escuela a la que asistí. En aquella época, se era muy estricto con eso de esperar a que los niños tuvieran la edad reglamentaria para ir a la escuela. Como no se podía entrar a primer grado sin tener los seis años cumplidos, a los cinco, se iba a kindergarten o kindergarden, como solía decirse, anglicando la segunda parte de un vocablo alemán. Yo cumplí los cinco años en enero, así que tuve que esperar siete meses para ir a kinder.

            El Colegio La Milagrosa era una escuela pequeña, ubicada en un lugar muy céntrico de Mayagüez. Concretamente, en la esquina de las calles Post y De Diego. Ahora que lo pienso, esa ubicación representaba muy bien lo que encontraría a través de mi vida escolar: la conjunción de lo norteamericano y lo puertorriqueño, con el predominio de lo primero sobre lo segundo. Post, gobernador norteamericano por imposición; De Diego, paladín de nuestras luchas libertarias.

            Claro que nada de eso estaba en mi mente en aquellos días. Mis entusiasmos estaban enmarcados en la televisión, que había llegado a Puerto Rico, el año antes, con “héroes” como Davy Crockett (“Davy, Davy Crockett, king of the wild frontier…” así rezaba el tema musical de la serie televisada.) y “I Love Lucy”, que se trasmitía en inglés. De éste último, recuerdo que mi bisabuela solía verlo, aunque no entendía ni papa de inglés. Pero, la comedia de Lucille Ball no necesitaba subtítulos o doblajes.

            La Milagrosa estaba en manos de monjas españolas, que, no sé si por prejuicios de la época, tenían fama de ser casi unas brujas crueles. La verdad es que no creo haber tenido una mala experiencia, pues la escuela me gustó desde el principio. Por supuesto, debo haberme impresionado algo con la vestimenta monacal, ya que en esa época la cofia tenía un tamaño y una forma que, a los ojos de un niño de cinco años, tiene que haber sido imponente. Era algo así como la monja voladora, mucho antes de Sally Field. Pero, Sor Ana, que así se llamaba nuestra maestra, no parece haber hecho algo que me traumatizara. Ha pasado a la historia —mi historia, claro— como Sor Ana Moco porque, un mal día, hace casi medio siglo, le vi un moco en una de sus fosas nasales. Tengo que haberlo contado en casa, y estoy seguro de que mi mamá me regañó, advirtiéndome que esas cosas no se dicen. Sigo siendo un niño desobediente.

En La Milagrosa encontré algunos condiscípulos que me acompañaron el resto de mi vida escolar. A otros ya no los vería más. Allí, en aquel pequeño salón, nació esa comunidad de afectos que misteriosamente sobrevive el tiempo y la distancia, de la cual uno se siente parte toda la vida, y que aflora cuando uno se encuentra con alguien de la “clase”. De tarde en tarde, me sorprendo pensando en qué será de la vida de Fulanito o Sutanita, siempre identificado con su nombre completo, como lo aprendí con el pase de lista con que comenzaba cada día escolar.

            Ese primer año de mi experiencia en la escuela empecé a descubrir que me gustaba aprender y que tenía cierta facilidad para ello. Por eso, me adapté bien a la rutina escolar. Era interesante y divertido ir a la escuela. Me gustaban los libros; disfrutaba hasta el olor de cuando son nuevos.

            Por supuesto que no todo era color de rosa. También descubrí que era algo torpe con las cosas manuales. Pintar con Crayolas, por ejemplo. Admiraba la forma en que Ana, una niña paliducha y enfermiza, pintaba sus dibujos. Recuerdo que solía hacerles un borde más intenso, que me parecía algo muy creativo. En cambio, yo tenía serias dificultades para mantenerme dentro de los contornos del dibujo, y mi selección de colores no era la mejor. Definitivamente, no había heredado ni una pizca del talento que tuvieron mi bisabuelo y su hermano, Félix y Julio Medina González, pintores de cierto renombre de principios del siglo XX.

            Al igual que Ana, yo también era un niño flacucho y algo quisquilloso con la comida. Nunca comí en el comedor escolar. El olor nada más me lo impedía. Llevaba, pues, una lonchera a la escuela. En el termo, leche con chocolate, para poder tragar un sándwich. Como siempre desayunaba poco en casa, solía tener el estómago vacío en la clase. Por eso, viví una de mis primeras experiencias embarazosas en la escuela. Uno de esos días en que el cuerpo no anda muy bien, al beber la leche, sentí que el estómago se encrespó, y devolví lo poco que le había echado. Me sentí profundamente abochornado.

Aunque era un niño algo tímido, este primer contacto con el mundo del aprendizaje formal me fue dando la confianza de participar en la clase y en las actividades de la escuela. Sabía, y me gustaba demostrarlo. Mientras otros se escondían, yo vivía con la mano levantada para contestar todo lo que la maestra preguntaba. Debo haberme ganado la admiración de algunos y la mala voluntad de otros. Pero, no importaba; en la escuela, estaba como pez en el agua.

No recuerdo haber tenido problemas de indisciplina. Asistía con regularidad a la escuela, y observaba sus normas. Desde esa edad, le ponía mucha atención a lo que se decía en clase, y no me gustaba el desorden que otros provocaban, pues era una distracción de las explicaciones que se nos daban. Más que saberlo, intuía que a la escuela no se iba a jugar, excepto en el recreo, y que para eso estaba el resto del tiempo fuera de ella. La escuela era importante, pero no lo era todo en la vida.

            Además de la televisión, estaba el cine. En el Mayagüez de los años 50, poco había que hacer para un niño de mi edad que no fuera ir al cine. Mi papá me llevaba con frecuencia al Teatro Balboa, donde por un módico precio se podían ver dos películas. Curiosamente, siendo tan pequeño, nunca me gustaron las películas infantiles, con niños o animales como protagonistas. Prefería, como es natural, las de vaqueros, de las cuales el cine norteamericano producía en abundancia. De vez en cuando, en aquellos dobles programas sabatinos se colaba alguna película extranjera. Así fue como vi una película que me pareció extrañísima: La calle, título con que se conoció por estos lares La strada de Fellini. En aquella época, las cintas que se estrenaban en Estados Unidos tardaban varios meses, cuando no un año, en pasarse en Puerto Rico.

            La otra gran distracción eran los juegos de pelota profesional. Mi papá era muy aficionado, y me llevaba con frecuencia al parque. A mí me gustó enseguida el juego, pero en vez de hacerme fanático del equipo del pueblo, mis simpatías se manifestaron por los Cangrejeros de Santurce. Estas cosas no siempre tienen una explicación lógica o racional, pero creo que parte de mi preferencia se debió, en un principio, a que el uniforme de Santurce me parecía más bonito. Lo irónico de todo esto es que mi papá, que había nacido en Santurce pero llevaba veinticinco años viviendo en Mayagüez, era fanático del equipo del pueblo, y yo, que nunca había visitado Santurce, ya me contaba entre sus seguidores. Por cosas como ésta, comencé a cobrar fama de que me gustaba llevar la contraria. Mi papá, sin embargo, nunca interfirió con mi preferencia, dándome con ello una de las primeras lecciones que me brindó de respeto a mis ideas y de lo que es criar a un hijo con libertad.

            Tengo un leve recuerdo de algunas cosas de la época, de las cuales, por mi corta edad no participaba plenamente. El 1955 fue el año de la canción Rock Around the Clock, himno del movimiento musical que se conocería como rock ‘n’ roll. La música, pegajosa por demás, fue como un fondo musical de aquel año, escuchándose en todas partes con insistencia. Se hablaba de James Dean, un actor cuyas películas no vi en la época, pues se consideraban “no aptas para menores”. Era el apogeo de algo que llamaban “delincuencia juvenil” y de las pandillas en Nueva York. Había un cierto temor en el aire; después de todo estábamos en la guerra fría, la bomba atómica y esas cosas. Aunque muy fragmentadamente, algo captaba de titulares de periódicos, noticias en la televisión o comentarios familiares.

             La segunda parte del año escolar, en 1956, ya yo la comenzaba con seis años. El rock ‘n’ roll se oía con más fuerza, pues había aparecido en la escena musical Elvis Presley. En Mayagüez surgió un imitador, un muchacho largo y pálido cuyo único parecido con Elvis era que imitaba sus movimientos pélvicos, pues no cantaba ni tocaba la guitarra sino que “doblaba”. Que el joven, llamado Rafael, con esas credenciales artísticas, lograra cierta notoriedad y saliera en la emisora local de televisión da un indicio de cuán provincianos éramos.

            Este Elvis pueblerino protagonizó en mi barrio un incidente que nunca olvido. Al lado de mi casa vivía una familia con cinco hijas. Rafael y la mayor de las hijas entablaron una relación amorosa, a la que la madre de la muchacha se llegó a oponer, quizá por la mala fama que tienen los “artistas”, sobre todo, los que llevan el pelo algo largo, usan chaquetas de cuero y cultivan la pose de “rebelde sin causa”, tan en boga en la época. Ante la férrea oposición familiar, una noche Rafael se presentó a la casa, exigiendo ver a su amada. Hubo un altercado, con amagos de violencia, frente a la casa. Rafael se retiró, de manera desafiante. Mi familia y yo observábamos desde el balcón el incidente que había alterado la paz del vecindario. Conversando con los vecinos, de pronto creí ver algo en el techo de zinc, a dos aguas, de la casa de la muchacha. Era Rafael, quien se agazapaba, esperando, quizá, que todos nos fuéramos a dormir. Mi papá, que no le temía a nada, se disponía a subir al techo desde nuestra propiedad, cuando Rafael, cual gato, saltó a la parte trasera de la casa, dejando a todos boquiabiertos, pues la altura y la oscuridad prometían desnucar a quien lo intentase. Mi papá lo explicó de esta manera: “Ese muchacho está endrogado”. Fue la primera vez que oí el término.

            Era la época del polio, una cruel enfermedad que atacaba principalmente a los niños, dejándolos lisiados. Como a mediados de 1955 se desarrolló la vacuna, pronto, todos los niños de mi edad seríamos vacunados. Recuerdo además que también se solía exigir que uno se sacara placas del pecho, pero eso se hacía en la Unidad de Salud Pública. En mi caso, el asunto tenía algo de pertinencia mayor que en otros casos: yo tenía un primo tuberculoso, quien pasó una temporada en lo que se conocía como el Sanatorio, institución ubicada en la parte alta del pueblo. Con tuberculosis, además, conocí a una vecina de mi familia materna. A ella siempre la vi de lejos, alta y pálida, asomada apenas a una ventana de la segunda planta de su casa, desde donde bajaba una canasta con una soguita para recibir la leche, el periódico y otras cosas por el estilo, para evitar contagiar a los demás, incluso a miembros de su propia familia.

            Así transcurrió ese primer año de mi vida escolar. En algún momento entre el fin de curso y el comienzo de lo que sería mi primer grado, recibí una noticia que sacudió los cimientos de mi seguridad y confianza: tendría que ir a otra escuela. Del próximo año escolar en adelante, el Colegio La Milagrosa sería para niñas exclusivamente.

 

 

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